Ya hemos escrito unos cuantos emails.
Y ya el impulso del comienzo va menguando.
Además, ahora hay más audiencia.
Y acaba de aparecer detrás de las cortinas de la habitación una sombra conocida:
Doña Expectativas.
Fetén, ya estabas tardando, hija.
Tenemos el honor de haber entrado en ese terreno en que, antes de escribir cada texto o mientras lo escribo, se me presenta esa señora sugiriéndome cómo recibirá tal o cual frase cada una de las personas que leerán esto.
Lo que le gusta a esta señora es sembrar dudas.
Así que, en esos momentos, me viene bien recordar que la única aprobación que me interesa realmente buscar es la mía propia.
No hay más.
Y si el único al que tengo que convencer soy yo, lo lógico es escribirme a mí.
Cartas a mí mismo.
Un poco egoísta, sí. Pero tiene su porqué.
No me malinterpretes, querido lector: mi compromiso contigo sigue firme.
Voy a seguir compartiendo mis volteretas mentales por si en alguna se escapa algo que te pueda resultar útil.
Pero, entiéndeme, no puedo pensar en ti, en cada uno de vosotros, cada vez que escribo algo.
Como pasa con todos los procesos que voy atravesando, imagino que para alguno esto será de lo más banal.
Para mí no: te invitaría a pasar diez minutos en mi cabeza para que vieras cuánto pesa este asunto ahí dentro.
Aquí me va a tocar atacar de frente ese instinto (¿o herida?) de querer gustarle a todo el mundo.
(Que no sé si esto es una tara específicamente mía o si, en cambio, es algo extendido entre el resto de los humanos.)
No solo es imposible, sino que tendrías que adaptar tanto tu discurso que, al final, de ti no quedaría ni la mitad.
Lo que he aprendido de las expectativas ajenas es que son una trampa y que ignorarlas casi siempre hace que salgas más auténtico, te frustres menos y —para sorpresa de nadie— a esa gente a la que quieres agradar, le gustes más por real que por complaciente.
Doña Expectativas sigue ahí, detrás de la cortina. No creo que se vaya nunca.
Pero ya le he dicho que puede quedarse a mirar.
Eso sí: el teclado no se toca.
P.D.: ¿A ti también te visita esa señora? Cuéntame cómo la despachas, que yo todavía estoy aprendiendo.
