Siempre hay alguien que pone las reglas.
De pequeños normalmente son los padres.
Luego, conforme vamos creciendo, van apareciendo otros personajes: los maestros en el cole, los profesores, los superiores en el trabajo, etc.
A mí siempre me ha costado un poco esto de que haya alguien que me diga lo que puedo o no puedo hacer o lo que debería estar haciendo.
Me resulta más fácil cuando comparto la visión o veo que la dirección o las reglas tienen sentido (¿sentido según quién? Según yo, imagino, obviamente).
Pero todo eso tiene que ver con el mundo exterior.
Hay otro jefe que no se puede ignorar, y que, sorprendentemente, cuanto más crezco, más importancia le reconozco.
El verdadero jefe, al que realmente conviene tener contento y hacer que esté de acuerdo con todos nuestros movimientos.
Es el famoso niño interior.
Yo, por ejemplo, tengo encima de mi escritorio una foto de cuando era pequeño que me mira todo el rato.
Como recordatorio.
Porque, como en muchos otros ámbitos, la teoría la tengo clarísima, pero luego la conexión con ese niño no es ni tan fácil ni tan frecuente como me gustaría.
Me sigue costando. Casi siempre tengo que ir a buscarlo, y a saber dónde se ha escondido esta vez.
Afortunadamente, no siempre es así: hay algunas personas con las que no hace falta, ya que, por la energía que tienen, cuando estoy con ellas ese niño se presenta él solito.
Pero, por lo general, anda por ahí a su bola.
Lo que siento que me pide es que sea más espontáneo, que haga más de las cosas que me gustan, que no me tome la vida tan en serio.
Que juegue más.
Pensándolo bien, en este mismo proyecto de los correos, veo su firma.
Es un trabajo interesante: reconocer que con los años se te pegan encima capas de seriedad, la tendencia a complicarlo todo, prioridades desordenadas donde el espacio para disfrutar queda invadido por los quehaceres de la adultez.
Si lo pensamos como un árbol, ese niño representa nuestras raíces, la esencia, el origen del que nace todo lo que somos ahora. No hay árbol que pueda crecer alto y fuerte sin que su base esté bien cuidada.
Y en este camino de crecimiento personal, si quiero descubrir hasta dónde puedo llegar, es fundamental que ese niño esté a tope.
No contento: feliz.
Con ganas de salir corriendo a jugar.
Sin raíces no hay alas.
Porque ese niño no es solo de donde vengo. También es el que, de pequeño, no se preguntaba si algo era posible antes de intentarlo. El que soñaba sin pedirle permiso a nadie.
Las raíces se las tengo que cuidar yo. Las alas me las pone él.
Y con el jefe de mi lado, el límite es el cielo.
P.D.:
Si esto te ha hecho reflexionar, házmelo saber: es muy importante para mí.
