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Hoy he enviado mi tercer email.

(No "hoy" cuando recibes esto. "Hoy" cuando yo lo escribo.)

Lo tenía listo desde hacía al menos una semana.

Listo, dice.

Ya.

En realidad, he pasado por el momento "venga, ahora sí" decenas de veces.

Y cada vez que me enviaba el correo de prueba, veía algo más que cambiar.

Y dale a corregir.

Incluso lo había compartido como boceto con un par de personas. Antes de unas cuantas rondas más de corrección.

Pero al final lo envié.

¿Y sabes qué es lo que más he pensado después?

Te lo digo igual: que no sé escribir.

O mejor dicho: cómo se me ocurre a mí, un programador web italiano, lanzar una newsletter escribiendo en español.

Yo mismo veo las repeticiones, los conceptos que no quedan claros, el hilo que a veces se pierde.

Pero aun así (y probablemente justo por eso) voy a seguir haciéndolo.

Porque no sé.

A ver, sé que lo que escribo se puede mejorar. Pero tampoco es todo para tirarlo a la basura.

Algo bueno hay.

Y cuanto más escriba, más habrá. Si lo hago bien, claro.

Porque cualquiera que domina un arte fue, en algún momento, un principiante que no sabía. Y que siguió.

Llámalo homenaje a la repetición. Y a la disciplina.

Podría decirte que lo hago para aprender.

Pero, querido lector, para eso ya tengo mi cuaderno.

Aquí la gracia está en que lo que escriba te interese a ti también. Que te enganche. Que te aporte algo.

Y que te entren unas ganas locas de reenviárselo a tus coleguis y amiguis, para que disfruten ellos también de mis pinitos como escritor.

Porque no es tanto lo que cuento.

Es cómo te sientes cuando me lees.

Este email también tiene repeticiones. Alguna frase que no acaba de sonar bien. Y seguro que algún italianismo también se me ha escapado.

Lo sé.

Y lo he enviado igual.

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