Todas las mañanas me levanto y me pego una ducha fría.
Acto seguido, me siento a meditar.
Unos días más, otros menos; eso sí, intento no bajar nunca de los 20 minutos.
Y eso que en mi habit tracker el objetivo está en 10.
El plan es el mismo independientemente de si es lunes o sábado, si estoy cansado o fresco como una lechuga, si estoy en mi casa o de viaje.
Todas las mañanas.
A ver, en verdad estoy más satisfecho y noto más armonía y claridad cuando consigo hacer 30, 40, 60 minutos.
Aun así, por lo general, más que el tiempo, lo más importante es no interrumpir la racha.
Aunque sea con solo 5 minutos.
Pero.
Pero hay épocas en las que se encadenan eventos uno tras otro, día tras día, y acabo saltándome mi cita conmigo mismo.
¿Que no he dormido bien y por la mañana no llego a levantarme a tiempo para cumplir con todo el ritual antes de entrar a trabajar? Pues no me queda otra: me lo salto.
Que, mientras tanto, ha llegado el fin de semana y te vas de concierto y luego te quedas con tu gente y vuelves a casa muy tarde, y al día siguiente hay planes para comer fuera… Pues ooootro día que te lo saltas.
Silenciosamente se genera una bola de nieve que hace que encontrar ese hueco parezca cada vez más difícil.
Te alejas.
Al día siguiente te cuesta incluso sin ningún motivo real.
Y he podido observar con los meses que esto, ya desde el primer día, empieza a tener consecuencias en el estado general de mi cabeza durante la jornada.
Menos foco, mente más dispersa, a veces impaciencia y a veces pereza.
A veces, incluso, conviven las dos cosas a la vez.
Pero.
Pero justo gracias a lo poquito que he aprendido desde que empecé a meditar, tarde o temprano llega una mañana en la que me doy cuenta de que me he alejado. Y ese darme cuenta basta para volver a sentarme en el cojín y retomarlo donde lo había dejado.
La mente, por su propia naturaleza, es indisciplinada e intenta constantemente empujarte hacia el futuro o hacia el pasado, lo que sea con tal de que no estés en el momento presente.
Cuando entiendes esto, cuando entiendes que ese es su papel, y el tuyo, si es lo que quieres, es el de acordarte de desidentificarte de todo eso, observar y volver a centrarte en tu respiración, sentir tu cuerpo y estar simplemente ahí, cuando entiendes esto, amablemente, regresas a lo que tienes que hacer tú.
La mente se va una y otra vez, y tú, cada vez que te des cuenta, vuelves a lo tuyo.
¿Que aguantas 5 segundos y otra vez te acuerdas de que tienes que tirar la basura?
Ahora no; volvamos a la respiración. La basura, después.
¿Que pasan 30 segundos y te acuerdas de lo ricas que estaban las croquetas que comiste anoche?
Pues ahora no, después.
Ahora lo de la respiración.
Y así toooodo el rato.
Al final te sale natural.
Y ese mecanismo es el mismo que me ayuda a superar los incontables baches que he ido teniendo en el año y medio largo que llevo con el hábito de meditar.
Se trata de aceptar que hay fuerzas a nuestro alrededor que intentan llevarnos de un lado a otro y que, de vez en cuando, se salen con la suya.
Hasta que nos damos cuenta.
Ahí recuperamos el control.
Ahí podemos retomar la racha.
P.D.: No sé casi nada sobre meditación.
O mejor, sé algo, pero lo justo para evitar quedarme dormido cuando me siento en el cojín. No tomes lo que escribo aquí como si pudiera enseñar nada sobre eso.
De hecho tengo pensado hacer cuanto antes un retiro de meditación Vipassana para aprender la técnica correcta. Y de paso descubrir cuán diferente es lo que hago ahora con lo que pretendo hacer.
Por lo pronto me quedo con los resultados que tengo ahora, que ya son más que evidentes.
Tan desencaminado no tengo que estar.
Pero aun así, ya sabes.
